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Superado el solsticio de invierno, época de la máxima oscuridad o «Máximo Yin», según la expresión oriental, volvemos nuestros rostros por fin al sol, el gran Atón, dios único al que veneró el faraón Akenatón, instaurador de la primera y «sacrílega» experiencia monoteísta de la historia.

Relieve con Akenatón y parte de su familia venerando al Sol, procedente de Tell-el-Amarna (1356-1340 a.C.) y conservado en el Museo de El Cairo.

He aquí unas líneas del Himno al Sol atribuido al gran faraón, himno que tiene ciertas concomitancias con el Salmo 104 del Antiguo Testamento.

Veneremos, pues, el sol y a sus rayos:

«Apareces resplandeciente en el horizonte del cielo.
¡Oh Atón vivo, creador de la vida!
Cuando amaneces en el horizonte oriental,
Llenas todas las regiones con tu perfección.
Eres hermoso, grande y brillante.
Te elevas por encima de todas las tierras.
Tus rayos abarcan las regiones
Hasta el límite de cuanto has creado».