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Recuerdo la enigmática frase con la que Sócrates se despidió de esta vida: «Critón, debemos un gallo a Asclepio».

Le rogó a su discípulo y amigo realizar la ofrenda de un gallo al dios de la curación y la salud, en lo que para algunos es la última ironía del maestro.

«En el templo de Asclepio», de John William Waterhouse (1849-1917).

Sócrates, acusado de impiedad (entre otras cosas), desea honrar al dios de la curación entregándose a la muerte, quizá considerada como curación suprema.

Mi intención no es ironizar, como hizo Sócrates. Pero quizá me falte «ofrecer un gallo a Asclepio». A falta de gallo (dadas mis convicciones contra el maltrato animal), ofrezco el Himno Órfico a Asclepio. Quizá él me envíe un sueño en el que dilucide por qué caigo ahora con otro virus.

Himno Órfico LXVIL, dedicado a Asclepio:

«Sanador de todo, Asclepio, señor Peán, que alivias los muy penosos sufrimientos de las enfermedades de los hu­manos. Ven, te lo ruego, otorgador de dulces presentes, poderoso, trayéndonos salud y eliminando las enfermedades y los duros genios maléficos de la muerte. Favorecedor de la vegetación, auxiliador, que alejas la desgracia, de feliz sino; robusto retoño, receptor de espléndidos honores de Febo Apolo. Enemigo de las enfermedades, tú, que tie­nes por irreprochable consorte a la Salud, ven, afortuna­do, salvador, aportando un buen fin a nuestra vida.»