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El «Eterno Femenino» es un concepto arquetípico originado en la filosofía del s. XIX.

Pertenece al llamado Esencialismo de género, la creencia de que hombres y mujeres tienen diferentes esencias internas que no pueden ser alteradas por el tiempo o el entorno.

El concepto fue muy querido por Göthe, para quien la mujer simboliza la pura contemplación frente a la acción, típicamente masculina.

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Nietzsche, a partir de su profundo conocimiento del mundo griego, caracteriza a la mujer como guardiana del continuo vida-muerte, puesto que en la cultura griega la mujer se encargaba tanto del nacimiento como de la atención a los muertos. El ámbito doméstico y la salvaguarda de la moral eran también componentes del eterno femenino en el mundo grecolatino. Las virtudes de la mujer eran inherentemente privadas, mientras que las de los hombres eran públicas.

En la filosofía taoísta se articulan los «opuestos complementarios», el Yin y el Yang: acción/contemplación, energía/materia, femenino/masculino…
Décadas y siglos en este status, hasta figuras como Simone de Beauvoir, para quien «no se nace mujer, sino que llega una a serlo».

¿Dónde queda, pues, la identidad femenina? Milenios de patriarcado dejaron atrás a la Diosa y a los múltiples rostros de Eva. Quizá en eso radique la dificultad para entender la esencia de la mujer: en su multiplicidad.